Automóviles sin conductor

por J. Antonio García Macías

 
Si alguien le pregunta cuál actividad de la vida cotidiana es la que representa mayor riesgo de muerte ¿qué respondería? Algunos dirían que resbalarse en la bañera, otros podrían citar el uso de chimeneas o anafres mientras duerme, no faltaría también quien dijera que ir a algún centro nocturno --por aquello de la violencia derivada del narcotráfico. Pero todas ellas están lejos de ser la causa más peligrosa.
 
La muerte al volante
Conducir un automóvil, o ser víctima de quien conduce uno, sin duda representa la actividad cotidiana más peligrosa... y por mucho. Las cifras son contundentes: anualmente mueren en México más de 24 mil personas derivadas de accidentes automovilísticos. Según la Secretaría de Salud, estos representan la primera causa de muerte y orfandad de niños entre los 5 y 14 años de edad, así como la primera causa de muerte en jóvenes. Y no solo están los muertos como consecuencia, pues a raíz de dichos accidentes resultan más de un millón de lesionados, de los cuales unos 40 mil quedan con alguna discapacidad permanente. Estas son cifras escalofriantes, pues la llamada “guerra contra el narcotráfico” que tantos titulares provoca, causó en el pasado sexenio la muerte de 47,500 personas (según cifras oficiales), lo que en promedio corresponde a menos de 8 mil personas al año; es decir, una tercera parte de las que provocan los accidentes automovilísticos.
 
En otros países la situación no es mejor, pues por ejemplo en los Estados Unidos la cifra está por arriba de los 30 mil muertos anuales. Las causas también son bien conocidas: manejar en estado de ebriedad o bajo la influencia de alguna otra droga, manejar con exceso de velocidad, distraerse hablando por teléfono o enviando mensajes de texto y otras más. Sea cual sea la causa, el mensaje es claro: conducir es una actividad de muy alto riesgo, que anualmente produce más muertes que las guerras o las catástrofes naturales. Por lo tanto, muchos gobiernos están ya tomando cartas en el asunto. Dichas medidas incluyen leyes más estrictas, la promoción del uso del cinturón de seguridad, impartición de cursos de seguridad vial, pero también medidas que incluyen a las nuevas tecnologías.
 
La máquina al volante
Desde hace ya varios años se ha demostrado la factibilidad de tener automóviles autónomos, donde no sea un humano sino el sistema automotriz quien conduzca. La agencia militar estadounidense DARPA realiza desde el 2004 la competencia llamada Grand Challenge, consistente en trazar una ruta que deben recorrer en su totalidad vehículos autónomos. En la competencia del 2004 ninguno de los vehículos participantes pudo completar el recorrido establecido. Sin embargo, en el 2005, cinco de los vehículos participantes atravesaron con éxito el desierto de Mojave y llegaron hasta su destino. El equipo ganador fue el de la Universidad de Stanford, liderado por el Dr. Sebastian Thrun. A partir de entonces, en las sucesivas competencias que se han desarrollado, varios vehículos han logrado realizar los recorridos completos.
 
Tras el éxito del equipo de Stanford en el 2005, la empresa Google se interesó en seguir desarrollando la tecnología para conducción autónoma, por lo que contrató a Thrun (quien ya había sido co-inventor de Google Streetview) para dirigir el proyecto Google Driverless Car.
 
Con las tecnologías desarrolladas han equipado diversos automóviles y tienen en prueba constante una flota de al menos una docena de vehículos autónomos circulando por las calles de diferentes ciudades en California. Según reportes del equipo Driverless Car, para agosto del 2012 ya habían rebasado las 300 mil millas de conducción autónoma sin accidente alguno. Quizás por el éxito mostrado por estas tecnologías, los estados de California, Nevada y Florida han promulgado leyes que permiten los vehículos de conducción autónoma.
 
Una cuestión moral
En la película “Yo, Robot” (que no tiene mucho que ver con la historia de Asimov, por cierto) hay un par de escenas donde reprenden al protagonista por conducir manualmente un automóvil y luego una motocicleta. Al parecer, en la época en la cual se desarrolla la trama, era ilegal conducir manualmente pues esto representaba un alto riesgo tanto para el conductor como para los demás ciudadanos. Dadas las estadísticas ya presentadas, no es descabellado pensar que en un futuro esta situación se haga realidad. Seguramente, si eso sucede, habrán muchos ciudadanos que pelearán por su “derecho” a conducir sus automóviles y se opondrán a la promulgación de las leyes que se los impidan.
 
Aquí habrá una cuestión moral: aún si fuera permitido, sería inmoral conducir manualmente debido al alto riesgo que esta actividad representaría para el conductor y para terceros. La tecnología ya estará tan desarrollada, que sería enormemente más seguro dejar a los automóviles conducirse solos. Sin embargo, esto implicaría también transferir algunas cuestiones morales a las máquinas. Por ejemplo, si un automóvil circula veloz por un puente y de repente se encuentra de frente a un autobús escolar que atraviesa lleno de niños ¿deberá el automóvil virar para tratar de salvar a los niños, aunque se ponga en juego la vida de su pasajero? ¿quién tendría precedencia? este tipo de decisiones se realizarían en milisegundos y sería el conductor (la máquina) quien tendría que realizarlas. Sin duda hay mucho trabajo por delante para quienes tendrán que programar estas “funciones morales”, pero también para filósofos, abogados y otros que tendrán que revisar todas las implicaciones.
 
El Dr. J. Antonio García Macías es investigador del Departamento de Ciencias de la Computación del CICESE. Lo puede contactar en This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.
 
 
 
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